Deberíamos de vivir cada estación de una forma determinada, vestirnos interiormente a su llegada con la forma de mirar adecuada y ,los sentimientos precisos, existir en consonancia con el exterior. Y en la primavera pensar desde la frescura de los nacimientos y los inicios, con la belleza simple y expuesta, coloreando nuestro alrededor en una ligereza superficial y , eso sí, delicada. Disfrutar con un corazón que quiere ser alegre y que, por unos meses, huirá de la trascendencia.
La lluvia difumina los contornos de la ciudad, la hace líquida. Podríamos plantearnos si realmente es como la vemos cuando creemos que es una realidad definida o cuando se diluye ante nuestros ojos entre reflejos y sombras. O si ambas miradas son ciertas y la ciudad es una entidad flexible, viva, orgánica. Tal vez todo tenga a nuestro alrededor el movimiento de lo vivo, aquello que muta. Quizás la realidad no sea algo tan sólido.