Frente al ruido, y en el mismo escenario de la gran ciudad, también hay espacio para la paz. Para esa serenidad tranquila de una edad que ya no necesita apurar los segundos porque ahora ella y el tiempo se conocen. Que puede mirar sin intentar apropiarse de lo que contempla y escuchar sin pretender atrapar las voces y lo que cuentan. Esa edad que va dejando sedimento y haciendo que la vida de la humanidad sea algo cada vez más rico, más complejo y más pleno.
De dentro hacia afuera, por una ranura. Porque hay una vida exterior y otra interior. Está última está compuesta de susurros y silencios, de miradas. Todo ello, una gramática para escribir las relaciones humanas, integrándose y mutando a través del paso del tiempo. También existe la vida de luz y color, de gritos y carcajadas que se maceran al sol y se enfrían con la luna. Pero de esa hablaremos otro día.