"De la antigua rosa, sólo queda el nombre" Así concluía El Nombre de la Rosa de Umberto Eco. Y con ello, hablaba de esas ocasiones en que las cosas pierden su esencia para que sólo permanezca la palabra que la representa.
Deberíamos de vivir cada estación de una forma determinada, vestirnos interiormente a su llegada con la forma de mirar adecuada y ,los sentimientos precisos, existir en consonancia con el exterior. Y en la primavera pensar desde la frescura de los nacimientos y los inicios, con la belleza simple y expuesta, coloreando nuestro alrededor en una ligereza superficial y , eso sí, delicada. Disfrutar con un corazón que quiere ser alegre y que, por unos meses, huirá de la trascendencia.