Existe una arquitectura del silencio. Construcciones que llaman a la meditación y al encuentro con un mismo. Lugares que favorecen la intimidad. Porque a nosotros mismos no necesitamos hablarnos con palabras.
Frente al ruido, y en el mismo escenario de la gran ciudad, también hay espacio para la paz. Para esa serenidad tranquila de una edad que ya no necesita apurar los segundos porque ahora ella y el tiempo se conocen. Que puede mirar sin intentar apropiarse de lo que contempla y escuchar sin pretender atrapar las voces y lo que cuentan. Esa edad que va dejando sedimento y haciendo que la vida de la humanidad sea algo cada vez más rico, más complejo y más pleno.