La lluvia difumina los contornos de la ciudad, la hace líquida. Podríamos plantearnos si realmente es como la vemos cuando creemos que es una realidad definida o cuando se diluye ante nuestros ojos entre reflejos y sombras. O si ambas miradas son ciertas y la ciudad es una entidad flexible, viva, orgánica. Tal vez todo tenga a nuestro alrededor el movimiento de lo vivo, aquello que muta. Quizás la realidad no sea algo tan sólido.
Una de las funciones del arte es ofrecernos otra caligrafía para entender la realidad. Quizás lo más valioso es que, cuando no es en exceso evidente y conceptual, son caligrafías abiertas que sólo funcionan con la interpretación individual de cada uno. Desde ese punto de vista, el arte nos invita y casi nos obliga a reflexionar y opinar.